Con la confianza de la sociedad no se juega

foto carnet selu

PR08_GLASS_130213_JOSÉ LUIS LÓPEZ CORREDOR.- El precio de la verdad es la película que refleja una realidad, la de Stephen Glass, el editor de la revista The New Republic que inventó numerosos reportajes a lo largo de su corta etapa como periodista. Corta porque fue cazado en 1997 por la potencia en información sobre negocios de Estados Unidos Forbes Digital. Fue unos de los integrantes de la recien nacida edición on-line, Adam Penenberg, el que destapó este caso, uno de los más sangrantes en la historia del periodismo norteamericano.

Según la narración de la película, el radar de Forbes Digital se activó cuando el director de la revista leyó la publicación. Tras ello decidió reprochar a Adam Penenberg el hecho de que no se hubiese enterado de esa rocambolesca noticia titulada “Hack heaven” sobre un hacker de 15 años que había puesto en jaque a la compañía Jukt Micronics. Y así comenzo el destape de Stephen Glass. Tras conocer la verdad, Forbes digital publicaba el artículo “Forbes smokes out fake New
Republic story on hackers“.

¿Lo que Stephen Glass hizo se podía haber evitado? Por supuesto. Era tan sencillo como incluir fotografías en las publicaciones de The New Republic, tal y como se destaca en el final de la película. Sin embargo gracias a este suceso podemos analizar el sistema de control que llevan a cabo los medios en ellos. Hay que recordar que no fue el medio para el que trabajaba Glass el que verífico todas las fuentes que mencionaba el periodista en sus notas, sino la publicación Forbes Digital, más concretamente Adam Penenberg. Puede parecer una guerra mediática entre publicaciones, un intento de aplastar a la competecia; pero lo cierto es que se trata de un sistema que pone la última puntilla al sistema de verificación de fuentes. Realmente el rigor periodistico tendría que venir intrínseco en el profesional, pero el baño de gloria parece demasiado suculento en algunos caso. Y en Estados Unidos ya son varios.

Jayson Blair es otro famoso fabulador del periodismo estadounidense. Igual que Glass, Blair utilizó la inventiva en un gran número de los artículos que había escrtio para el todopoderoso New York Times. El suceso de Bair se descubrió en 2003, en este caso por medio de una investigación interna, y el nombre del periódico quedo bastante dañado. Igual que The New Republic, New York Times tuvo que disculparse ante sus lectores por haber permitido sumejantes ataques hacia la verdad.

El gran debate que surge alrededor de estos casos, que no son únicos, es cómo se podría controlar a los redactores para que no inventen total o parcialmente las historias que mas adelante plasmarán en el papel o en la pantalla del ordenador. Los sistemas de verificación de fuentes hoy en día no parecen un problema grave que haya que resolver. Como la secretaría de The Ner Republic sugiere al final del film, todas las mentiras respecto a la veracidad de los sucesos o las entrevistas con las fuentes se podrían haber constatado con fotografías. Una fotografía es el más fiel reflejo de la realidad y el hecho de incluir estos documentos gráficos en los reportajes de Glass hubiera evitado el incendio en el que se vió envuelto el prestigioso medio estadounidense. Pero su formato estaba exento de fotografías.

Stephen Glass
Stephen Glass

Habría que preguntarse si no estaría de más aportar ese materia gráfico pese a que no se tenga intención de incluirlo. Una de las premisas para cualquier publicación que se pretenda hacer es verificar los encuentros con las fuentes que nos han facilitado la información. En casa se puede encontrar un buen ejemplo: en el proyecto de producción periodística es un requisito indispensable aportar materialque constate que verdaderamente hemos estado con quien decimos haberlo hecho. Estos aportar fotografías o vídeos.

Pero fuera de las exigencias que se tienen que llevar a cabo por parte de un medio a sus periodistas, parece sangrante que no sea el propio profesional de la información el que tenga esa conciencia y ese respeto hacia la verdad que le impidan lanzar bulos como los mencionados anteriormente. Esta profesión es una responsabilidad. Una responsabilidad con todas las personas que cada día esperan ser informadas de lo que ocurre en el mundo. Y si algo le queda al periodismo todavía es esa confianza que las personas depositan en los profesionales para que estos las mantengan bien informadas. Pese a que día tras día se oigan tambores de guerra contra los medios de comunicación, es la vía principal de conocimiento de la actualidad de la que disponen los ciudadanos. Con eso no se puede jugar. Y ante esta crisis que atraviesa la profesión esta confianza es el principal (y probablemente el único) aval que podemos ofrecerle a la sociedad.

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